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¿Es posible criar con salud mental a nuestros hijos? La psiquiatra María Velasco responde

¿Es posible criar con salud mental a nuestros hijos? La psiquiatra María Velasco responde

Nuestros hijos tienen todo a su alcance: innumerables experiencias sociales y culturales, juguetes, actividades de todo tipo, extraescolares… Parece que el mundo en el que viven es el ideal para alcanzar la perfección soñada. Pero si es así, ¿cómo es posible que se hayan incrementado los pensamientos suicidas de manera alarmante entre adolescentes? ¿Por qué los niños, más acompañados que nunca, se sienten solos? De esto hemos charlado con la Dra. María Velasco, psiquiatra infanto-juvenil en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, con motivo de la presentación de su libro Criar con salud mental. Lo que tus hijos necesitan y solo tú les puedes dar (Ediciones Paidós).

Los padres de hoy en día tienen una cantidad desproporcionada de información, como comentas en el libro; ¿es esto es un punto a su favor en lo que a crianza se refiere?

El tema es que la información viene de muchos sitios, viene de personas que han estudiado y que tienen cierto rigor en las opiniones que dan, pero también de personas que cuentan su propia experiencia. Ahora mismo se habla mucho desde la experiencia: “yo he vivido esto y te doy este consejo”. Al final escuchamos a tanta gente que no nos damos cuenta que no todas las opiniones son igual de válidas, de contrastadas, no conllevan la misma experiencia y el mismo rigor. Acabamos más desinformados que informados, porque acabamos escuchando mucho lo de fuera y cuestionándonos demasiado. Y yo creo que la maternidad y la paternidad tiene que ver con quiénes somos nosotros, que hay una parte propia, personal, que tenemos que poder tener en cuenta, que tenemos que crear una relación exclusiva con nuestro hijo y con nuestra hija y no hacerlo desde un manual, sino desde la experiencia propia.

Es verdad que ciertas reflexiones nos pueden ayudar a plantearnos otras cosas o nuevas dimensiones o comprender cosas que nos pasan, pero todo eso que tiene que poder ayudarnos a conocernos mejor, no a buscar unas pautas externas de qué es lo mejor, porque realmente hay cosas que a lo mejor son muy buenas para ti, pero para mí no o o al revés.

También creo que tanta información y tan idealizada y tan opinada por personas que no están al pie de cañón viendo muchas, muchas familias, pues crea un sentimiento de incompetencia por parte de las madres y de los padres que dicen “pero es que yo no puedo llevar a cabo estas este tipo de crianza, es que a mí no me sale”, “debo de ser mala madre o mal padre”, porque, claro, te comparas: tú no puedes hacer eso y te sientes muy insuficiente.

¿Cómo influye la salud mental de los padres en la crianza y en la propia salud mental de los niños?

Influye siempre, pero no implica que sea negativo. Yo he conocido madres y padres con un trastorno mental grave, con una esquizofrenia, que han sido buenos padres y buenas madres y, sin embargo, he conocido gente que no tiene un diagnóstico y que han sido unos padres negligentes y unas madres violentas. Una cosa es la enfermedad mental y otra cosa es la salud mental. La salud mental es el poder vivir de una manera integrada, conociéndote, no negando los problemas que tienes, sino pudiéndolos elaborar, pudiendo adaptarte a lo que la vida te va dando, lo bueno, lo regular, lo intermedio. Poder ir aceptando las cosas, elaborándolas y continuando poder tener un trabajo, tener amistades.

La crianza es un tema mental y emocional; parte de nuestro cerebro va a su cerebro, de modo que nuestro estado mental va a condicionar completamente la crianza.

¿Cómo es posible que con padres tan volcados en informarse, en hacerlo bien, lo hagan mal?

Hay varios factores. Son padres y madres muy volcados en un sentido, pero a lo mejor otro sentido en donde necesitan sus hijos que estén, no lo están. O sea, tú puedes darle mucho a tus hijos, muchas extraescolares, muchos amigos, muchas fiestas de cumpleaños, muchos planes… (Las madres me lo dicen mucho: “mi hijo tiene una agenda social mayor que la mía”). Pero luego, cuando estás con tu hijo a solas y quieta, sin hacer cosas, no estás presente, estás pensando en lo que tienes que hacer, estás con el móvil... Y nuestros hijos nos necesitan mirándolos, mirándolos con el corazón y con la mente. Nos necesitan presentes porque se construyen en función de nuestra mirada.

Sería mejor darles menos cosas materiales y menos experiencias y dejar que sean niños en sus habitaciones, jugando en casa, calentitos, sabiendo que estamos ahí, sin invadirlos con el mundo adulto. Los niños necesitan seguridad, necesitan rutinas, necesitan que siempre sea lo mismo. Necesitan que estemos bien, que estemos confortables, que sepamos lo que estamos haciendo y para qué. Somos los capitanes del barco. Para ellos, los días de tormenta son frecuentes, por lo que nos necesitan firmes y ejerciendo esa función materna y esa función paterna que, en equilibrio, es lo que hace que podamos criar con la suficiente salud mental.

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¿Cómo se logra eso? ¿Cómo se les dedica tiempo de calidad cuando no lo que no hay es tiempo?

Vamos a tener que renunciar a algo. La cuestión es que no vivimos en una sociedad en la que palabras como “responsabilidad”, “renuncia”, “carencia”, “límites”, sean nuestro vocabulario. Vivimos en “tú lo puedes todo”, “lo vales todo”, “te mereces todo”, “vive el momento”… Poder dar tiempo de calidad, que el tiempo de calidad es un tiempo de presencia mental y emocional, tenemos que poder renunciar a otras cosas, a dejar el móvil apagado, a no querer hacerlo todo perfecto, a tener menos ambiciones, a saber renunciar durante un tiempo a cosas que creemos que necesitamos.

Los padres y las madres de hoy viven en esta sociedad, que no pone fácil los cuidados, que no está diseñada para cuidar, sino que es una sociedad cada vez más individualista, en la que el mensaje es “búscate la vida tú contigo mismo“, “yo soy feliz conmigo mismo”… Como si fuéramos plantas auto generadoras de energía o algo así. Por eso, los padres y las madres se acuestan con un sentimiento de incertidumbre, de que algo se les está escapando, de que no llegan a todo, de descontrol, como algo que se infiltra un poco en sus vidas. Así, cuando un padre y una madre sabe reconocer lo que hace falta, asume su responsabilidad, sabe hacia dónde dirigirse, qué es lo importante y qué no, a lo mejor en un principio tiene que hacer un cambio de estilo de vida, pero la seguridad y la serenidad llega. Y eso es ahora mismo un regalo.

Cada vez se oye hablar de más casos de bullying, de violencia sexual infringida por los propios menores, cada vez más casos de suicidios de niños, de adolescentes… ¿Por qué?

Lo que aumenta es la violencia en sus distintas expresiones: la violencia escolar, la violencia sexual, la auto violencia, la agresividad en forma de auto agresiones y de suicidio… Y ha aumentado la violencia por varios motivos: primero, por este sentimiento de frustración de que la vida no es lo maravillosa que me cuentan; segundo, porque estoy muy solo o muy sola y nadie me cuenta de qué va la vida, los valores que hay que tener, los límites a los que yo puedo llegar, que mis deseos no son realidad, mis sueños tampoco. Las cosas hay que ganárselas, lucharlas, trabajarlas.

Las madres y los padres estamos tan ocupados y tan cansados que no nos damos cuenta de que en realidad a nuestros hijos los criamos nosotros e Internet. Es decir, hay un tercer elemento en casa que está criando a nuestros hijos, que es Internet y que está lleno de contenido adulto y de contenido violento.

El ser humano tiene una capacidad de adaptación increíble para todo, también para la violencia. Toda esa pornografía y esa violencia al final hace que nuestros menores la toleren, que ya no les sorprenda. Incluso la pornografía es un aleccionamiento en nuestros menores, que cada vez acceden antes a ella; para ellos es una agresión sexual ver algo pornográfico porque es un acto violento, con un matiz sexual, pero algo violento, y eso lo incorporan como un aleccionamiento. Piensan que la sexualidad es eso, no tienen la oportunidad de desarrollar su propia sexualidad a su propio tiempo, entrelazada con las emociones, con los vínculos, con el respeto hacia los demás, con el cariño, con el juego, con la comunicación, sino que es un acto muy individualista de obtención de placer en donde el otro se cosifica.

Al normalizarlo, al final da lugar a un menor que no tiene un cerebro todavía construido del todo, con unas emociones y una impulsividad muy grande, cuyos actos impulsivos están menos refrenados. Pero claro, es que ¿con qué alimentamos esos cerebros? ¿Con qué estamos alimentando a la infancia? ¿De qué valores o de qué contenido para que estas cosas no sucedan?

¿Cómo pueden los padres ayudar a sus hijos en este sentido? Porque no se les puede prohibir el acceso a Internet, especialmente a partir de cierta edad…

Es muy difícil que el acceso a Internet sea sano. Lo que podemos es avisarles, protegerlos, prevenirles, pero de lo que están rellenas las redes sociales en su mayoría es de un contenido perjudicial: hay muchos filtros, mucha realidad inventada, idealizada, disimulada y muy poca gente en las redes que cuente de verdad sus cosas.

Tenemos el otro extremo; tenemos a las personas que cuentan cómo suicidarse, que cualquier dolor, lo psiquiátrico. Y nuestros adolescentes también se suman a eso porque un adolescente está en búsqueda de una identidad y va a buscar cualquier identidad antes de que no tenerla: “prefiero la identidad de un paciente psiquiátrico, de ser un enfermo mental, a no ser ‘nada’”.

Tenemos que tener cuidado, tenemos que conocer bien a nuestros hijos, saber bien qué fortalezas y debilidades tienen, que tenemos que prepararles para lo que es la vida y lo que es la realidad, demostrarles con el ejemplo que las pantallas tienen unos tiempos, que no pueden invadirlo todo. Ver y supervisar el contenido hasta que estemos seguros de que pueden gestionarlo.

¿Podemos decir que la infancia y la adolescencia es hoy más difícil que en generaciones anteriores?

Es más difícil porque no está respetada. No tenemos en la cabeza que necesiten un espacio y un tiempo y les invadimos. La infancia está muy, muy acortada. Enseguida parece que llega la adolescencia, cuando la adolescencia es un estado mental al que se llega por un cambio hormonal, con lo cual no hay un niño de nueve años que pueda ser un adolescente. Es imposible, pero se comporta como un adolescente; incluso, los adultos se comportan como adolescentes porque el mensaje social es adolescente: “vive el momento, el aquí y el ahora”. No es un mensaje de la edad madura, de la experiencia del renunciar, del construirte de lucha tus sueños… Eso no se lo estamos contando.

Es muy difícil ser ahora mismo un niño y un adolescente. A los adolescentes los tenemos muy abandonados; creemos que ya son mini adultos y pensamos “que se busque la vida, yo ya estoy muy cansada”, “él sabrá si puede beber alcohol o no, ya está muy informado”… Como si la información a un adolescente le sirviera para poder contener toda la impulsividad que tiene.

A los adolescentes hay que seguirlos supervisando, poniéndoles límites, guiándoles en el camino, escuchándolos, estando a su lado. Si lloran, compartiendo con ellos buenos momentos y siguiendo alimentando ese cerebro con buen material para que tengan buenas ideas, llevándoles a acciones sociales para que entiendan de qué va la vida de verdad. Hay que seguir estando ahí, pero es una adolescencia muy difícil. Por eso, porque están como acompañados por Internet e invadidos por el mundo adulto y con unos padres y unas madres desbordados, cansados, desmotivados, muy perdidos.

En tu libro hay una frase muy significativa que dice “la verdad está en los niños, solo tenemos que aprender a mirarlos de verdad”. ¿Cómo podemos mirarlos así? ¿Cómo se aprende a hacer eso?

Intentando no suponerles. Un niño es verdad andante, es verdad con piernas, porque no tienen una intención manipulativa ni quieren cambiar las cosas. Su verdad es la verdad, te cuentan lo que están viviendo. Por eso tendríamos que tener esta capacidad de esperar, de observar, de no buscar respuestas rápidas, de evitar que, cuando un niño empieza una pregunta, terminarla por él… Las madres y los padres tienen que dirigir el barco, pero si querernos saber qué les pasa a nuestros hijos, los tenemos que poder observar no interpretando, sino dejando que nos sorprendan.

¿Hay unas pautas básicas para que los padres eduquen a sus hijos con salud mental?

Yo diría que tendrían que asumir que es una relación especial entre ellos y sus hijos, que tienen que conocerse bien y que tienen que partir de quiénes son ellos, de su realidad… Que es una relación jerarquizada de cuidados; no es una relación igualitaria, no somos compañeros de nuestros hijos ni amigos, somos sus madres y sus padres. Tiene que haber un equilibrio entre esa función materna y paterna, en donde tenemos que ponerle ilusión y querer disfrutar. Nuestros hijos no son nuestros ni nacen para arreglar nuestros problemas; tenemos que aprender a respetarles, pero eso no significa que hagan lo que quieran ni que tomen las decisiones ellos, ni delegar en ellos. Tenemos que asumir nuestra responsabilidad.

No hay una receta [para educar con salud mental], hay miles de recetas. Tenemos que saber encontrar cada uno la nuestra, ese papel en el que estamos cómodos y podamos ser esa madre y ese padre que nuestros hijos necesitan. Nuestros hijos nos van a querer lo hagamos bien, mal o intermedio; el tema es que nosotros podamos disfrutar, estar satisfechos y compartir con ellos una vida que es larguísima, crear un vínculo que pueda irse modificando según esas etapas de la vida, donde nuestros hijos van a ir necesitando otras cosas. Y se puede ir modificando con el respeto y la sinceridad suficiente.

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.

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